Lucía se despertó justo cuando el sol empezaba a ocultarse en el horizonte. Se había quedado dormida en las dunas, y mirando a ambos lados comprobó que apenas quedaba gente en la playa. Esperaba que una tarde de playa le levantase el ánimo, pero no había sido así. Era el primer verano en muchos años que no tenía pareja, y lo notaba. Echaba de menos los jugueteos en la playa, que le diesen crema sensualmente, meterse mano entre las dunas, abrazarse en el agua y calentarse delante de todo el mundo sin que nadie se enterase… y el sexo diario. Lucía tenía muchas quejas de su antiguo novio, pero la frecuencia sexual no era una de ellas. Se había acostumbrado a un ritmo sexual endiablado, con un mínimo de cinco polvos semanales, y ahora le costaba pasar sin ello.

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