Lucía se revolvía sobre su toalla en la playa, cambiando de postura continuamente. No podía dejar de pensar en lo que había visto en el bosque, y se había pasado el día fantaseando con lo que podía encontrarse otra vez ahí. Y las fantasías se iban haciendo cada vez más salvajes y más vívidas, y ahora mismo notaba la humedad en su entrepierna. Se levantó para darse otro baño que la ayudase a distraerse un poco de su lujuriosa imaginación, y vio que sus pezones se marcaban claramente a través del bikini. Se le empezaron a subir los colores y aceleró el paso para llegar al agua antes de que alguien se diese cuenta.

Para cuando salió del agua la playa estaba casi desierta. El sol se estaba poniendo y las últimas familias estaban recogiendo los trastos. Lucía se envolvió en la toalla y se sentó en la arena, totalmente indecisa. Parte de ella quería ir corriendo a vigilar el claro, mientras que otra parte de ella creía que era una locura. Empezó a cambiarse de ropa, y al quitarse la braguita del bikini notó que la humedad no había desaparecido de su entrepierna. Seguía excitada, su cuerpo seguía pidiendo sexo y no aceptaba un no por respuesta. Volvió a sentarse en la arena, desesperada, y entonces vio su respuesta: en el aparcamiento de la playa había una furgoneta que vendía helados y juguetes para los niños que venían a la playa. Y colgando de una cuerda vio varias máscaras para niños, y entre ellas vio una máscara de gato.

Y eso hizo que Lucía acabara de decidirse: volvería al claro en el bosque! Volvería a esconderse en el borde y ver qué sucedía allí, y por si acaso la veían se pondría una de esas máscaras de juguete. Recogió sus ropas y comenzó a vestirse de nuevo, y en un impulso dejó sus braguitas y el sujetador en la bolsa. Llegó corriendo a la tienda justo cuando estaba cerrando y compró una de las máscaras, «para un sobrino».

Y así se puso a andar hacia el bosquecillo, totalmente desnuda bajo el vestido. Estaba tensa y excitada a la vez, temerosa pero disfrutando, una mezcla de sensaciones que la mareaban. Pero llevaba una mano dentro del bolso, tocando la máscara de gato como si fuera un talismán, y eso le daba cierta seguridad. Cuando se fue acercando al claro se salió del camino y escondió la bolsa entre unos matojos. Luego se fue acercando hacia el claro, y aunque sólo había pasado un día le costó orientarse en la penumbra de la primera hora de la noche. Al final vio unos faros de coches entre los árboles y supo que había encontrado el sitio. Mientras se ponía la máscara de gato notó cómo se le aceleraba el pulso y la respiración, e intentó calmarse antes de acercarse con todo el sigilo que podía.

Todavía no podía ver bien lo que estaba pasando en el claro y ya podía oír gemidos. Redujo aún más la velocidad y vio que había cinco o seis coches en el claro, muchos más que ayer. Vislumbró varios grupos de personas gimiendo, pero las luces le deslumbraban y empezó a acercarse más. De repente vislumbró un grupo de personas en el borde del claro: un joven con un cuerpo claramente de gimnasio se encontraba «esposado» a una rama de un árbol, mientras una chica jovencita de pelo corto le penetraba desde detrás con un cinturón de pegging. Ella se mordía el labio inferior mientras ponía toda su fuerza en cada embestida, y su morena piel brillaba con gotitas de sudor. Otra chica, algo mayor pero de treinta y tantos, se encontraba de rodillas delante de él, haciéndole una felación aprovechando cada penetración. Mientras tenía el pene en la boca una de sus manos se pellizcaba uno de los pezones con fuerza y la otra se acariciaba la entrepierna.

Lucía espió durante un rato al trío, excitándose más y más. Pero desde su localización actual no podía ver nada más del claro, así que decidió dar un rodeo esquivándoles. Con toda la luz que había en el claro se sentía segura en la oscuridad de la maleza, segura de que nadie podría verla. Así que buscó una zona sin gente en el perímetro para acercarse al máximo. Estaba a unos escasos diez metros del borde del claro cuando encontró un buen sitio para esconderse detrás del tronco de un gran árbol. Asomó la cabeza por un lateral del tronco y dejó que los ojos se le acostumbraran a la luz.

Lo que vio superaba con mucho el espectáculo del día anterior: habría unas quince personas en el claro, reunidas en grupos de dos a cuatro personas. Todas llevaban máscaras de algún tipo, algunas de animales y otras con plumas y joyería, como las de un carnaval. Una mujer de unos cuarenta años se encontraba sentada sobre el capó de uno de los coches con las piernas bien abiertas, y con dos hombres delante de ella. Uno de ellos se encontraba de rodillas, con la cara enterrada en su entrepierna y haciendo un gran trabajo, a juzgar por los gemidos de ella. El otro estaba de pie al lado del coche, besándola y agarrándole los pechos. Ella agarraba con fuerza el pelo del primer hombre, empujando su cabeza contra su entrepierna, y con la otra masturbaba al segundo hombre con fuerza. En otro grupo había dos parejas de pie, con las dos mujeres apoyadas en la esquina de un coche, besándose y acariciándose los pechos, mientras los dos varones las penetraban desde detrás. El ritmo de la penetración iba claramente en aumento, y Lucía podía oír el chapoteo de los flujos desde su escondite.

Lucía devoraba el espectáculo erótico que se desarrollaba delante de sus ojos, y su excitación era imparable. Comenzó a lamerse y morderse los labios, y notaba que sus pezones le llamaban a gritos. A pesar de estar tan cerca de la orgía se sentía segura en la oscuridad, y se desabrochó uno de los hombros del vestido para acceder mejor a sus pechos. Se apoyó lateralmente contra el tronco del árbol que la ocultaba para tener ambas manos libres. Una de ellas se dirigió directamente a su pecho izquierdo y comenzó a apretarlo como sabía que le gustaba. La otra mano se levantó la falda con un gesto urgente, y buscó rápidamente la desprotegida entrepierna. Sus labios ya se encontraban hinchados y goteando fluido, ansiosos por ser tocados y palpados. El clítoris surgió entre ellos en cuanto los separó, hinchado hasta el límite e hipersensible después de un día de fantasías sexuales. El simple roce de sus dedos le provocó una oleada de placer que le hizo boquear por aire y emitir un gemido de placer. Por un instante le asustó la posibilidad de ser descubierta, pero al instante se dio cuenta de que cualquier gemido se perdería entre los aullidos y gruñidos que venían del claro.

Mientras seguía acariciándose se abrió la puerta del coche más cercano a su escondite, y una sudorosa pareja salió al exterior entre besos y caricias. Otro hombre, fornido y peludo, y con una apropiada máscara de oso, salió del asiento del conductor masturbándose. Su miembro era descomunal, del tamaño que Lucía sólo había visto en películas porno. La pareja se colocó delante del morro del coche, y él apoyó el trasero contra el lateral. Ella se rió con desparpajo y se aplicó una gran cantidad de lubricante, para luego colocar al oso enfrente de su pareja. Lucía podía verlo todo con absoluta claridad: entre los dos hombretones la levantaron con facilidad agarrándola por los muslos, mientras ella seguía riéndose. La bajaron lentamente sobre los dos enhiestos penes, y ella aulló y jadeó mientras intentaban penetrarla por ambos agujeros simultáneamente. El miembro del oso necesitó de varios intentos, mientras ella se abrazaba a su pareja y cambiaba de postura. Lucía podía ver el gesto de la cara de ella, con una mezcla de esfuerzo al intentar controlar la tensión y un placer extremo, y se mordió el labio inferior con fuerza de envidia. La mano que estaba acariciando su entrepierna empezó a acelerar el ritmo, y notaba cómo se acercaba al placer.

En ese momento, cuando Lucía estaba completamente concentrada en los movimientos del trío y las sensaciones de placer de su propio cuerpo, dos fuertes manos le palmearon las desnudas caderas, para agarrarlas luego con fuerza. Una masculina voz gritó detrás suyo: «Te pillé, gatita!». Lucía se quedó bloqueada, completamente pillada por sorpresa, excitada y semidesnuda en medio del bosque. Había dejado de respirar del susto y empezó a balbucear una excusa que no conseguía imaginar. Pero las manos se deslizaron hasta sus nalgas, y se las separaron sin piedad, y de repente una lengua ágil e inquieta comenzó a lamerle la entrepierna.

Paralizada, Lucía sólo acertó a apartar su mano de la zona, y el desconocido se lo tomó como una invitación. Su lengua separó con destreza sus labios y empezó a lamer la humedad que fluía entre ellos. La zona estaba tan excitada que Lucía inmediatamente sintió cómo se acercaba una oleada de placer. Notó cómo perdía el control y empezaba a gemir, e intentó en vano morderse el labio inferior para evitarlo. El desconocido de lengua ávida se lo tomó como un reto, y recolocó sus manos de forma que los pulgares pudo separar ampliamente los labios. Ahora tenía acceso directo al hinchado y goteante clítoris, y la punta de su lengua comenzó a bailar sobre él a una velocidad endiablada.

Eso fue demasiado para Lucía, después de un día de fantasías eróticas y un buen rato de voyeurismo masturbatorio: notó como se acercaba un orgasmo enorme, sublime, como no había tenido en mucho tiempo. Se le cerraron los ojos, se le tensó el cuerpo y empezó a gemir en voz alta sin preocuparse de quién pudiera oírla. El desconocido que estaba entre sus piernas supo interpretar el cambio y decidió echar el resto: le soltó las nalgas, se abrazó a sus muslos, y con un arranque de fuerza la levantó del suelo, aplastando su cara contra su entrepierna. Su lengua le cubría toda la zona, y comenzó a mover la cabeza hacia los lados como un poseso, creando una sensación desconocida para Lucía. El orgasmo que se acercaba se convirtió en una ola gigante que la hizo marearse mientras gritaba en medio del bosque. El placer la llenaba como nunca, y sólo sentía su sexo palpitando y provocándole un placer inmenso. Así estuvo un tiempo que se le hizo enorme, hasta que el desconocido bajó el ritmo de su ataque y pudo abrir los ojos.

Y justo en ese momento el ataque volvió aún con más fuerza, con más rabia y más movimientos sobre su sobrecargado clítoris. Volvió a cerrar los ojos y apretó los dientes, agarrándose como podía a la corteza del árbol. Y la nueva oleada de placer hizo que temblara todo su cuerpo, colgando en el aire entre los brazos del desconocido y el árbol. El orgasmo la superaba, y su cuerpo ya no sabía qué más hacer. Sus fluidos le chorreaban por la cara interior de los muslos, sus pezones estaban increíblemente duros, y ya sólo respiraba por la nariz con fuerza. Una vez más el desconocido bajó el ritmo y Lucía pudo respirar el aire que ya necesitaban sus pulmones. Y por una tercera vez reanudó el ataque a su entrepierna después de dejarle apenas un instante de descanso. Pero el cuerpo de Lucía no podía con un orgasmo tan prolongado, y Lucía pudo abrir la boca y jadear mientras el placer iba bajando de intensidad hasta un nivel de agradable relajación. Se dio cuenta de que la saliva se le escapaba por la comisura de los labios y de que sus piernas todavía temblaban, avisando de unas agujetas dignas de una maratón.

El desconocido devolvió sus pies al suelo, y Lucía tuvo que sentarse, incapaz de mantenerse en pie ella sola. Se sentó en una raíz del árbol, con la espalda apoyada contra la corteza, y por primera vez pudo ver al hombre que le había provocado un orgasmo múltiple sólo con su lengua. Era joven, alto y de músculos definidos, con la entrepierna rasurada, y llevaba puesto un sencillo antifaz al estilo de un bandido. Pero lo que más le atrajo su atención era su pene: entre sus piernas aparecía un pene completamente erecto, grueso como Lucía no había visto nunca, goteando un reguero de líquido por la punta. Lucía seguía excitada después del orgasmo múltiple, y ver semejante miembro delante de ella no hizo más que aumentar su lujuria. «¿Ya has acabado, gatita? Pues ahora me toca a mi», dijo el bandido con voz socarrona, mientras se acercaba hacia ella. Con una mano dirigió su miembro hacia su boca, y la arrinconó contra el árbol.

Lucía notó cómo un hambre voraz de sexo se despertaba en su interior, y se dio cuenta de que necesitaba lamer esa maravilla. Antes de que pudiera darse cuenta una de sus manos ya había agarrado el miembro y había empezado a masturbarlo. Su entrepierna, que todavía palpitaba después de la prolongada sesión de orgasmos, empezó a responder de nuevo y exigir más atenciones. El bandido se agarró a las ramas del árbol y empezó a gemir suavemente con una voz ronca. Lucía se dio cuenta de que el hombre se había dejado completamente a su merced, que podía hacer lo que quisiera, y eso la volvía loca. Desde su posición podía ver cómo los músculos de todo el cuerpo del hombre se tensaban, y esta visión la excitó aún más. Su entrepierna ya estaba al límite, su respiración volvió a agitarse de nuevo y el corazón le quería saltar del pecho.

Sexo para parejas - relato erótico

Miró el brillante glande que tenía delante, rezumando gotas de líquido transparente, y no pudo controlarse más. Su lengua comenzó a acariciar tentativamente la parte inferior del glande, y la respuesta fue estupenda: el bandido se revolvió de placer y subió el volumen de sus gemidos. Lucía sonrió, ahora era cuando ella le tenía a él en sus manos. Comenzó a lamer todo el fuste del pene, desde la base hasta el glande, con pequeños toques de la punta de su lengua. El bandido volvió a revolverse, y sus caderas empezaron a moverse adelante y atrás. Lucía decidió subir un nivel más, y se metió el glande entero en la boca. Era enorme, mucho más grande que el de su ex, y pudo sentir cómo temblaba dentro de su boca a la vez que el bandido subía el volumen de sus gemidos. Lucía comenzó a a lamer el glande dentro de su boca, y notó cómo el pene se hinchaba aún más. El bandido estaba disfrutando, y Lucía lo quería llevar al límite como había hecho con ella. Con una mano comenzó a masturbarle mientras movía la cabeza suavemente para que el glande saliese y entrase de su boca, todo al mismo ritmo que le lamía el glande. Y con esto el bandido empezó a gemir en voz alta, y a sudar de la tensión. Lucía sonrió con el enorme pene en su boca, disfrutando de tener al hombre totalmente controlado. Su otra mano buscó su entrepierna y empezó a masturbarse, disfrutando del placer.

Pero de repente una figura apareció detrás del bandido y se abrazó a él. «Uhmm, veo que has encontrado otra compañía, ¿verdad¿», dijo una voz femenina con tono seductor. Lucía vio que la mujer llevaba puesta una máscara de gato, similar a la suya pero de mucha mejor calidad. Y entonces se dio cuenta de lo que había pasado: el bandido tenía un jueguecito con esa mujer, y cuando la pilló espiando el claro la confundió con la gata escondiéndose. El bandido la miró por encima del hombro, y dijo con sopresa: «¿Gatita? ¿Has traído a tu hermana… o algo así?». La gata miró a Lucía con los ojos entornados y dijo suavemente: «Sí, algo así. Pero no te preocupes por ello, ahora se trata de que tú disfrutes».

Lucía notó que la gata empezaba a acariciarle el trasero al bandido con una mano, mientras que con la otra le pellizcaba un pezón. El hombre gritó de placer, y Lucía pudo ver cómo la gata sonreía sensualmente. Lucía seguía lamiendo y masturbando el pene del bandido, cuando de repente la gata soltó el trasero del bandido, y se lamió los dedos una abundate carga de saliva. Un instante después la mano de la gata se abrió paso entre las nalgas del bandido, acariciando su ano con húmeda delicadeza. Pillado por sorpresa, el hombre tensó todo su cuerpo y movió las caderas hacia delante, con lo que Lucía se tuvo que echar para atrás para que el grueso pene no le penetrara. La gata lo vio por encima del hombro del bandido, y comenzó a empujar el trasero del hombre hacia Lucía mientras acariciaba su ano. Lucía se quedó arrinconada entre el tronco del árbol y el pene, y no pudo evitar que éste comenzara a penetrarle la boca. Se concentró en respirar con fuerza por la nariz mientras con ambas manos agarraba las caderas del hombre para intentar pararle. Pero el hombre estaba disfrutando como nunca, y se soltó de las ramas para agarrar la cabeza de Lucía. El bandido comenzó a penetrarle la boca con movimientos decididos, y Lucía tuvo que abrir la boca al máximo para poder aceptar semejante miembro. Le lloraban los ojos y no podía parar al hombre, que cada vez la penetraba la boca a más profundidad. Lucía sólo podía pensar en ese pene que le follaba la boca con fuerza, que la poseía con fuerza y sin piedad.

La gata seguía acariciando el ano del bandido, y éste empezó a aflojarse. La gata sonrió con cierto toque de sadismo y empujó con fuerza para penetrarle. El bandido gritó de placer, y agarró con más fuerza el pelo de Lucía para acelerar sus movimientos. Lucía sintió cómo el miembro latía ardiente dentro de su boca en cada movimiento, mientras la saliva le caía por la comisura de los labios. A pesar del castigo que estaba sufriendo su garganta y de lo dífícil que se le hacía respirar, la excitación de ser poseída de semejante manera la excitaba como nunca. Y ver cómo le miraba la gata por encima del hombro del bandido, disfrutando con sus penurias pero con los ojos llenos de deseo, hacía que algo dentro de ella se volviese loca y quisiera dejarse llevar. Ese algo hizo que una de sus manos empezase a pellizcar con furia uno de sus pezones, mientras que la otra volvía a enterrarse en la humedad entre sus piernas y acariciar furiosamente el sensible clítoris.

El bandido estaba a punto de correrse, con su pene bombeando en la boca de Lucía y su ano siendo penetrado por la gata. Lucía vio cómo apretaba los dientes con fuerza y aceleraba aún más sus ataques, sudando por todos los poros de su cuerpo. Los labios de Lucía ya estaban insensibles de tanto rozamiento, pero el olor del sexo y el sudor de los genitales del bandido le llenaron las fosas nasales. Estaba a punto de correrse otra vez, y sólo podía gemir como una loca mientras se acariciaba tan rápido como podía. La gata le miraba a los ojos y dijo suavemente: «Vamos a por ello, chicos», y empezó a penetrar con su dedo el ano del bandido.

Eso fue demasiado para el bandido, que apretó la cabeza de Lucía contra el árbol y empezó a correrse dentro de ella. Lucía sintió el pene bombeando semen dentro de su boca, y notó otro enorme orgasmo acercándose. Empezó a gritar como podía mientras su mano vibraba sobre su clitoris y el placer le intoxicaba. El semen le inundaba la garganta y se le escapaba entre los labios, y sólo podía disfrutar y ver a la gata sonriéndole desde arriba. El pene seguía y seguía expulsando semen, y Lucía seguía corriéndose, en un orgasmo prolongado como sólo había tenido hace unos instantes. Al fin, después de lo que le parecía un tiempo larguísimo, el pene comenzó a aflojar y perdió parte de su dureza, y al final se retiró de su boca, dejando un reguero de fluidos a su paso. Lucía boqueó por aire mientras todavía gemía con los últimos latidos de placer de su entrepierna.

La gata masajeó el pene del bandido con cariño, y una vez que éste había recuperado el aliento le dijo suavemente: «Vete a sentarte en el claro, campeón, ahora estoy contigo». El bandido se alejó tambaleándose, y Lucía se encontró con la gata de pie delante de ella, completamente desnuda. No era ninguna jovencita, pero se conservaba muy bien: el pelo largo y negro le caía por los hombros, sus muslos no tenían rastro de celulitis y sus pechos seguían aguantando fuertes y deseables. Su entrepierna estaba completamente rasurada y claramente húmeda, y Lucía vio cómo la gata enarcaba una ceja al verse así estudiada. «Bueno, chica, no sé quién eres pero me acabas de robar un orgasmo, y eso te aseguro que me lo vas a pagar». Lucía, que todavía estaba jadeando, vio cómo se le acercaba con decisión, e intimidada, se vio arrinconada una vez más contra el árbol.

La gata sonrió una vez más, y se puso encima de Lucía, con una pierna a cada lado de su cuerpo y su entrepierna a apenas unos centímetros de su cara. «Ves algo que te guste, ¿bonita?», le dijo con sorna mientras una mano le acariciaba la cara. Lucía podía oler la excitación de la mujer, y se lamió los labios con deseo. Le miró a la cara a la gata, y ésta volvió a enarcar una ceja y sonreírle burlonamente. Lucía, que todavía se encontraba excitada, sacó la lengua suavemente y empezó a lamer el exterior de los entrepierna de la gata, justo donde los labios se tocaban. Los labios se separaron con facilidad, dejando escapar las humedades que se escondían en su interior. Su lengua seguía buscando entre los labios, moviéndose arriba y abajo. De repente la gata le agarró con fuerza del pelo, y le apretó la cara contra su entrepierna. Lucía, sorprendida, siguió moviendo su lengua con decisión, y encontró el clítoris más que preparado para ser estimulado. La gata empezó a estremecerse de placer y la tensión en la mano que la agarraba del pelo comenzó a relajarse, con lo que Lucía supo que había encontrado el punto débil de la mujer. Lo atacó con más fuerza, y la humedad comenzó a brotar libremente del cuerpo de la gata.

De repente la mano volvió a agarrarle del pelo, pero esta vez para separarla de su entrepierna. La gata se agachó delante de ella hasta que sus caras estuvieron frente a frente, y la otra mano de la mujer le agarró la entrepierna con decisión. Lucía dio un respingo, con la cara húmeda con fluidos tanto masculinos como femeninos, pero su tacto fue lo suficientemente delicado como para que no se sintiese amenazada. «Esta bien, chica, si quieres seguir jugando con nosotros tendrás que conocer las reglas. Así que si quieres volver por aquí te espero mañana a las siete de la tarde en este claro, ¿vale?», dijo suavemente. Lucía asintió lentamente, y entonces la gata se le acercó poco a poco, disfrutando de cada instante, y abriendo los labios sensualmente. Lucía sintió cómo la mujer le besaba suavemente, al principio casi acariciándola con sus labios, pero luego apretándose contra ella mientras su lengua buscaba la suya. La mano que le agarraba la entrepierna comenzó a acariciarla con delicadeza y experiencia, y Lucía se encontró devolviendo el beso de esa desconocida con una pasión inaudita en ella. Unos instantes más tarde la gata separó su cara y su mano de ella sonriendo lujuriosamente, y se lamió el dedo índice. «Nos vemos mañana», le dijo mientras volvía hacia el claro contorneando sus preciosas caderas.

Lucía volvió como pudo al camino, tras parar para recuperar su bolsa. Todavía podía oír los gemidos en el claro, pero ella ya no podía más. Mientras volvía lentamente a su casa, con la entrepierna todavía húmeda y los pezones duros, supo que necesitaba dormir para asimilar todo lo que le había pasado. Le iba a costar dormir con el grado de excitación que tenía, pero estaba absolutamente molida con tantos orgasmos. Pero sí tenía clara una cosa: que la experiencia había sido de las mejores de su vida, y que necesitaba repetirla! Había visto un nuevo mundo de sexualidad, y estaba decidida a investigarlo.