Últimamente me asalta una fantasía en particular de manera recurrente. La cuestión es que a mi esposa le gusta dar bofetadas cuando tenemos sexo, y a mi no me entusiasma mucho que me las de, por lo que dándole vueltas para obtener los dos lo que queríamos, fue tomando forma en mi mente una fantasía, la cual os cuento a continuación.

Queremos tener un fin de semana de relax, y decidimos coger un hotel en otra ciudad, para desconectar de nuestro ambiente habitual. Mientras vamos para allí, le comento que he estado mirando la forma de que los dos disfrutemos de algo excitante y distinto, sin inhibiciones, sin complejos, de manera que le tengo una sorpresa preparada. Me intenta sonsacar, pero le insto a que le dé vueltas a la cabeza y me vaya contando lo que cree que puede ser. Por supuesto, no se acerca ni de lejos, pero disfruto con sus caras y sus ideas. Tomo nota para la vez siguiente.

Ya estamos instalados en el hotel, y tras dar una vuelta y aprovechar algo la tarde, volvemos al hotel tras comer algo ligero. Le pido que por favor, después de habernos duchado los dos, se arregle mientras yo me bajo al bar a tomar una copa.
– Cuando suba, quiero que me recibas arreglada, con medias de las que llegan hasta medio muslo, una faldita que apenas te cubra el final de las medias, y una blusa con botones y escotada. No quiero que lleves ni bragas ni tanga, pero ponte sujetador. Pase lo que pase, disfruta de lo que venga en adelante.

Yo, ya en el bar, saludo a un chico joven y bien parecido que entra en estos momentos. Se dirige hasta donde estoy yo, nos presentamos y le invito a una copa. Es un tipo majo. Han pasado 20 minutos más o menos y mi mujer me manda un mensaje diciéndome que ya está preparada. Una foto muy sugerente lo evidencia, así que subimos los dos a la habitación. Habiéndome dejado de forma intencionada la tarjeta de la puerta en la habitación, llamo a la puerta y allí está ella, preciosa y sexy.
La cara de mi compañero de copas es digna de ver. Está encantado con lo que tiene delante. Sin embargo, la de mi mujer es de total sorpresa. Nunca se hubiera imaginado que subiría con alguien más. Debió pensar que esta sería una fiesta privada…

– Cariño, te presento a mi amigo. Ha venido a hacernos compañía esta noche. Se quedará con nosotros un rato. Las reglas de hoy van a ser muy sencillas. Como es nuestra primera vez, te voy a ir guiando a lo largo del encuentro. Él hará lo que nosotros le digamos.
Así que déjanos pasar y disfrutemos de la velada.

– Ahora, vas a desnudarlo. Completamente. Tómate el tiempo que necesites, pero sólamente desnúdalo. Luego, ataremos sus pies a las patas delanteras de la butaca, y su mano derecha al brazo de la misma. Sírvete de estas bridas que he traído. Eso si, no seas mala y déjale la mano izquierda libre… Por lo demás, no te preocupes. El no te tocará en absoluto.

De forma que se pone a ello, disfrutando del erotismo del momento, insinuándose de forma provocativa puesto que sabe que él está supeditado a las instrucciones que se le han dado. Alguna vez se demora más de lo necesario, y quizás se frota algo más de lo que yo esperaba. Eso está bien… está disfrutando.

Una vez que ya tenemos a nuestro amigo desnudo, sentado y atado, le comunico que su mano izquierda no se puede separar en ningún momento de su pene. Que haga lo que quiera con él, pero que no lo suelte. Yo cojo a mi mujer, y la empiezo a besar apasionadamente. Le meto una mano por debajo de la falda y se la subo poco a poco hasta agarrarle todo el cachete. Estoy seguro de que el muchacho tiene unas vistas geniales del culito de mi bombón. Se lo separo un poquito más, para que la pueda ver en profundidad, y la acerco hasta él. Lo tiene a escasos un palmo. Es hora de darle la vuelta y que vea el resto de ella, de manera que la giro, y la cojo del pelo, echándo delicadamente su cabeza hacia atrás, y le pido que se desabroche los botones de la blusa. No todos, que deje quizás dos. También ha de poner su pie en el reposabrazos que queda libre.
Una vez hecho, saco uno de sus preciosos pechos por encima del sujetador para que se pueda deleitar con él. Parece que funciona, porque no para de menearse el rabo. Yo mientras, me aplico a su conejito, que está todo húmedo y deseoso de atenciones, así que le ordeno que escupa en la mano de mi mujer y esta se lubrica con su saliva. Estamos los tres muy cachondos, por lo que creo que va siendo hora de pasar a mayores.

– Arrodíllate y trágate mi polla como sólo tú sabes. Ya sabes cómo lo prefiero. Hasta el final, que me puedas lamer los huevos, y bien mojada. Que chorree la saliva, cariño.

Una vez húmedos los dos, nos vamos a la cama y empezamos por una postura tradicional, para ir entrando en calor. El misionero. Así podrá ver bien como entra entera una y otra vez en ella, mientras mis testículos le golpean el culo repetidamente.
Después, creo que es hora de que disfrute también de sus expresiones, por lo que a 4 patas mirándole, es la opción perfecta. Él parece que disfruta, porque aunque con dificultades al no ser su mano buena, no para de meneársela. Estupendo. Es lo que todos queremos. Eso me pone muy cachondo y empiezo a empujar con más ganas todavía, lo que hace que ella gima más, y él haga todo lo posible por aumentar el ritmo.
Le estiro suavemente del pelo de forma que se incorpora y queda de rodillas, y sin parar de meterla, empiezo a disfrutar de sus maravillosos pechos, con esos pequeños pezones tan duros que se le han puesto. Ahora, puede tener una vista completa… pero me parece que no se esperaba lo que viene.
Mi mujer, cachonda perdida, decide dar rienda suelta a sus deseos. Se levanta de la cama, y se acerca a él, llevando todavía las medias, y se planta justo delante suyo mientras le espeta:
– Dale más fuerte! Quiero ver cómo te la sacudes para mi.
Y acto seguido le da una buena bofetada.
La cara del chico es un poema, pero parece que surte el efecto esperado. No se hace de rogar y hace caso a la última orden, por lo que pone más frenesí en ello. Parece que ella lo ve con buenos ojos, pero cree que puede mejorar, por lo que le coge del cuello, le levanta la cara, y le vuelve a dar otro bofetón, más fuerte todavía que el anterior. Y no contenta con ello, vuelve a darle un tercero, pero esta vez con el revés de la mano y le dice:
– La próxima vez que te diga algo, espero más rapidez en el cumplimiento, así que esmérate.
Y se mete varios dedos dentro, para sacar la mano toda llena de flujos. Está realmente cachonda. Así que como aliciente, le ordena que abra la boca y se los limpie.

Yo mientras tanto, miro la escena mientras me entretengo yo mismo. Me gusta verla disfrutar, para que os voy a engañar. Pero no pierdo el tiempo, y me acerco por detrás, le subo la pierna al brazo del sofá que está libre y la empento por detrás. Esta vez será su culo el que reciba mis atenciones.
Ella no se lo esperaba, y da un pequeño chillidito que me pone a mil. Por la fuerza con la que la penetro, se ve obligada a apoyarse en la butaca, con ambos brazos a los lados del chico. Tiene las tetas de mi esposa bamboleándose justo delante de su cara, pero por mucho que le apetezca, no le está permitido saborearlas. Así que empujo sin contemplaciones para ver como alguna vez las tetas le golpean su cara. Es una escena realmente excitante.
Pero lo mejor está todavía por venir.

Me falta poco para correrme, así que pese al esfuerzo, no cejo en mi ritmo. Finalmente, la situación puede conmigo y lleno el culo de mi mujer con mi leche. Me agarro a ella mientras se sigue moviendo lentamente. Sabe que me gusta que se mueva suavemente mientras me corro…
Ahora, la aparto de él, y le digo que mire y que no deje caer mi regalo, que priete bien.
Me acerco al muchacho que hace ya unos minutos que se ha corrido y está todo manchado, y le ordeno que me limpie bien. Ahora va a poder degustar como sabe mi mujer por dentro.
– Ves lo que tienes aquí delante? Pues quiero que me la dejes reluciente! Así que se buen chico y empieza.

Mi mujer me mira sorprendida. Nunca había pensado que me pudiera gustar algo así. Está claro que todavía tenemos pequeños secretos que compartir.
Una vez que ha cumplido diligentemente con su cometido, le quito las bridas y le indico que se tumbe en el suelo. Es hora de que se ocupe de mi chica.
– Manos a los costados, sin moverlas. Utiliza tu lengua, que he visto que la utilizas estupendamente. Ella se ocupará del resto.
– Cariño, es hora de tu aseo. Él te ayudará con todo lo que necesites.

Dicho y hecho, se acerca a él y se pone de cuclillas es su cara, de modo que su precioso culito quede a la altura de su boca, y le ordena que proceda. Yo me pongo detrás, para no perderme detalle de la escena. Veo como se aplica sin dilación a lamerla por completo, y cuando no queda ya gota, ella se echa un poco más atrás, le agarra la cabeza por el pelo, y lo lleva hasta su coñito mojado.
– Es hora de que me corra otra vez más, así que no dejes de mover tu lengua.

Finalmente, se deja caer de rodillas exhausta. Ha disfrutado como una campeona. Bueno, creo que todos lo hemos hecho a nuestra manera. Es hora de volverse a dar una ducha, así que esta vez, dejo que entren ellos dos en el baño. Ella se ducha primero, algo casi innecesario después de la limpieza tan exhaustiva que le han realizado, pero el muchacho no pierde ocasión de meneársela de nuevo, esta vez con la mano buena, hasta que vuelve a correrse es su tripa. Creo que ha quedado completamente satisfecho. Yo mientras tanto, veo la escena tumbado en la cama a través del reflejo del armario de espejo del pasillo.
Cuando ella sale, él le está esperando con la toalla en la mano y ella decide que está muy cansada para secarse ella misma, por lo que le indica que le seque bien, pero que sólo puede tocar con la toalla. Es cruel hasta el último momento.
Ahora, una vez seca, es el turno de él, que se mete a la ducha mientras ella no se pierde detalle alguno. Está disfrutando como nunca lo había hecho. Para finalizar, ella le seca a él, pero sólo las partes que le interesan, dejándolo solo en el baño para que termine. Mientras, viene a la cama conmigo y me besa apasionadamente. Me excita que esté tan cachonda, y parece que mi amiguita vuelve a responder.
El chico por fin sale del baño, y nos ve disfrutando el uno del otro. Sabe que es un momento de pareja, y además, después de al menos dos orgasmos, se da por satisfecho. Se viste, y cuando por fin se va a ir de la habitación, nos levantamos para despedirlo.

– Ha sido una noche estupenda, le digo. Tenemos que repetirlo más habitualmente.
Ella por contra, le coge la cara con una mano, y cuando yo pensaba que le iba a dar otra bofetada para despedirle, le planta un morreo delante de mi.

Él nos da las gracias por todo y también nos dice que ha disfrutado muchísimo y que ya volveremos a hablar.
Una vez cerrada la puerta, mi diligente esposa me coge del pene erecto y duro como una piedra que tengo otra vez y me susurra al oído que me va a cabalgar hasta que no me quede nada de leche que ofrecerle. Y yo no podría estar más contento…